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Por María García, Master Coach Experto en Coaching Educativo TISOC

Desde no hace mucho empezamos a oír este concepto, Coaching Educativo, pero ¿en qué consiste realmente?

Recordemos primero de dónde proviene la palabra “educación”. Su raíz latina procede de educare (guiar) y educere (extraer). “Guiar” como acto de llevar al alumno a descubrir nuevos retos, a expandir su concocimiento; y “extraer”, como acto de sacar del alumno todo el potenial y talento que ya posee. Y de eso precisamiente se trata el Coaching educativo, de recuperar el veradedro significado de la palabra. Pero ¿cómo?

Empezaremos por decir que para que esto sea posible, el cambio debe darse en sus 4 protagonistas: alumnos, docentes, equipos directivos de los centros y familias. Cada uno en su papel pero funcionando todos como comunidad, como equipo.

Con el tiempo, los docentes, los equipos directivos de los centros y las familias, cada uno a su modo, hemos pasado a ser los responsables de los triunfos y de los fracasos de los alumnos, les hemos quitado el timón y hemos asumido el papel de motivador, animador, terapeuta y amigo. Los resultados, sin embargo, no son los que esperamos, año tras año nos quejamos de los mismos problemas y de la ausencia de estrategias para resolverlos. Una propuesta para conseguirlo es aplicar el Coaching educativo, y para conseguirlo, el docente debe pasar a ser ese “guía” que acompañe al alumno en su proceso, respetando su ritmo, trabajando sobre sus valores, detectando sus creencias potenciadoras y limitantes, estando a su lado en los malos momentos y felicitándolo en los buenos. Las familias, por su parte, deben dejarle crecer, equivocarse, asumir las consecuencias de sus aciertos y sus errores, regular sus emociones, decirles la verdad. Los equipos directivos de los centros, deben situarse en lo alto de la montaña, liderar desde la comunicación y la empatía, ser nexo entre todos, tranquilizar, proponer nuevos caminos. Y los alumnos, por último, deben pasar de ser  meros observadores pasivos (‘siéntate y obedece’) a ser protagonistas (deducir, experimentar, equivocarse, sacar conclusiones), adquiriendo así habilidades vivenciales que pasarán a formar parte de su ser durante toda su vida. Esto es, la educación debe convertirse en “educar para la vida” y los adultos esos acompañantes-guía que los regulamos, escuchamos y empoderamos. Si dejamos que así sea, si confiamos en su potencial, en sus recursos, en sus habilidades, nos sorprenderemos de todo lo que ya saben y de lo capaces que son de ser autónomos y de conseguir sus propósitos.

Por supuesto, el camino es largo y hay que desaprender para aprender.

Por María García, Master Coach Experto en Coaching Educativo TISOC.