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Por Dionisio Contreras Casado

“No es el crítico lo que cuenta. El crédito es del hombre que se halla en la arena, cuya cara está estropeada por el polvo, el sudor, y la sangre; que lucha esforzadamente; que se equivoca y se queda corto una y otra vez; que conoce los grandes entusiasmos, las grandes decepciones, y se dedica a una buena causa; que, en el mejor de los casos, conoce al final el triunfo de una gran realización; y que, en el peor, si falla, ha hecho al menos un  intento extraordinario, de modo que su lugar nunca estará cerca de aquellas almas frías y tímidas que no conocen ni la victoria ni la derrota”. Así describía el presidente de los EE.UU, Theodore Roosevelt, al hombre de acción.

Siempre, pero más en tiempos difíciles, si algo necesita una organización, sea del tipo que sea, son hombres de acción. Líderes capaces de enfrentarse a los problemas adaptativos, inherentes a cualquier tiempo de crisis. Modificar hábitos, cambiar prácticas, transmitir a los demás la necesidad de que se pongan en marcha sin dilación, son requisitos para cualquier líder que pretenda resolver con eficacia las dificultades a las que se enfrenta, sin demasiadas filosofías, ni grandes mapas de prescripciones, sino haciendo valer, ante todo, la acción. No la acción por la acción, no la acción irreflexiva, pero si una acción consciente de que gran parte de los problemas a los que se enfrentan las organizaciones hoy día, son problemas que requieren cambios profundos, y una actitud decidida de los líderes que las dirigen. Muy a menudo es preferible adoptar una decisión buena hoy, que la mejor decisión dentro de un año.

Un reto para cualquier líder consiste en hacer que sus subordinados asuman cotas, cada vez mayores, de responsabilidad. Esto implica una actitud decidida  del líder o gerente, para contagiar su acción, y que evite únicamente controlar y vigilar al subordinado, para que cumpla su trabajo. Un buen líder intentará rodearse de gente de acción, y fomentará en la organización una cultura orientada a la acción. Cooper Procter, uno de los dos fundadores de Procter and Gamble, declaraba ya en 1887: `El principal problema de las grandes empresas de hoy en día reside en elaborar políticas que hagan sentir a cada empleado que él es un elemento esencial de la empresa. Es necesario que cada empleado se sienta personalmente responsable del éxito de la empresa y que se le ofrezca la posibilidad de recibir una parte del resultado de ese éxito‘, palabras que cobran vigencia cuando tiempos duros para la empresa, hacen que el liderazgo tenga que reinventarse y redefinirse.

El hombre de acción es una persona que puede y sabe tomar medidas con rapidez, decisiones con vivacidad, sabe ordenar y dirigir con agilidad. Se enfrenta y confronta con los problemas en el momento en el que se le presentan, y no es de aplazar y esperar que se solucionen por si solos. El hombre de acción, no es una persona que actúe alocada o irreflexivamente, sino que, reflexiona y consulta, pero no se queda ahí, porque sabe que el tiempo es oro. El hombre de acción diseña su estrategia a largo plazo, pero actúa denodadamente a corto plazo, evalúa su gestión, y aprende de sus errores. En situaciones en las que, sin saber cual será la más acertada, tomar decisiones es vital, el líder orientado a la acción, no se bloquea, y asume el riesgo de dar con su cara en la lona y magullársela. Para él, el único riesgo es no querer correr riesgos.

Frecuentemente la acción, por implicar sacrificio, no siempre se hace de buena gana. Sin embargo, aunque no es algo que se reconoce a menudo, el liderazgo es servicio, y debería caracterizarse por la acción decidida y alegre, no por una acción sufrida y triste. Este es el termómetro de que se actúa según la iniciativa y criterio de uno mismo, y por supuesto una acción ejecutada y terminada, porque en ocasiones, no cuenta lo que se trabaja, sino lo que se termina.

El desfallecimiento es siempre una tentación. Rendirse a la debilidad y ceder al peligro, dejar de actuar, implica rendirse. Sin embargo, dirigir y liderar,  implica saber oponer resistencia al agotamiento que viene de la ausencia de resultados o de las derrotas. El líder, y por extensión la persona, emocionalmente inteligente, es la persona de acción que aprende de la derrota, e incluso saca provecho de ella. La acción en tiempos duros, tiene que ser tozuda, persistente, perseverante, ya que un segundo de debilidad es suficiente para doblegarla. Sobran gerentes que ante la más mínima adversidad, lo primero que sale de su boca es un “no se puede”.

Dionisio Contreras Casado Educador Social. Experto en Drogodependencias. Formador de Inteligencia Emocional.