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Por Dionisio Contreras Casado

Si a una emoción podemos denominarla “secreta” o “escondida”, esa es la vergüenza, y curiosamente casi todos, si buscamos en nuestro pasado, podemos encontrar algo que, de ser conocido por los demás, nos haría enrojecer. ¡Qué vergüenza!. Y lo más curioso es que podemos llegar a sentir vergüenza de sentir vergüenza.

Simplemente con lo escrito hasta el momento, ya somos capaces de poder relacionar vergüenza con autoestima, y en principio, y de modo general, podemos intuir que cuanto más saneada sea la autoestima de una persona, menos situaciones o actuaciones personales, le harán sentir vergüenza. El miedo al rechazo, la sensación de haber quebrantado las normas sociales o de un determinado grupo, o el miedo al transgredir imaginarios límites, hacen que, muchas personas sientan un miedo constante a “meter la pata”. Una persona avergonzada de muchos aspectos de su vida, es una persona emocionalmente dependiente, ya que, lejos de construir una personalidad íntegra, como persona vergonzosa se mira constantemente en el espejo de los demás.

Si uno no se aprecia, no se acepta o no se quiere, sentirá la constante necesidad de que los demás le estén demostrando constantemente lo bien que les cae, lo majo que es, lo bien que lo hace todo, y éste constituye el precio por el que se vende su autoestima. El vergonzoso se transmuta en un vendido, y cuando hace lo que quiere, lo que desea o lo que necesita, se siente mal. Siente vergüenza.

Y hay que estar muy atento, puesto que la aprobación de los demás funciona como una droga, y uno puede caer “enganchado” a ella, de modo que, cualquier decisión que tome, cualquier iniciativa, la tenga que someter a la consideración de los demás, sin cuya aprobación, no se pone en marcha.

Sentir vergüenza es el resultado de pensar que las necesidades, los deseos y las normas de los demás, son más importantes que las propias; que hay aspectos de la propia vida que harían que los demás me rechazasen, ya que el vergonzoso constantemente piensa que no vale por lo que es, sino por lo que los demás piensan que es. Y cuando se trata de hablar en público, de exponerse a los demás, de arriesgarse a hacer el ridículo, el avergonzado percibe a los demás como sublimes y extraordinarios, mientras que él se percibe pequeñito, feucho, ridículo o burlesco.

Acabar con la vergüenza implica ser asertivo en la puesta en escena de las normas propias, aceptando incluso que las normas de los demás son distintas, no mejores; implica aceptar las propias limitaciones y las de los demás; e implica por último saber disculparse si se dice algo inadecuado, o que puede herir a alguien.

En definitiva, la vergüenza puede venir definida como una emoción secundaria (como la envidia, la culpa, o la depresión) ya que requiere de un componente cognitivo más alto que las denominadas “emociones primarias” (miedo, ira, alegría, tristeza), que vendrían definidas como las emociones reconocibles por encima de diferencias culturales y raciales de los seres humanos, y debido al fuerte componente de relación interpersonal que tiene la vergüenza, la hace muy frecuente en los adolescentes, ya que en esta edad, se presenta en mayor o menor medida, una crisis de desarrollo, con una inestabilidad emocional basada en la comparación con los demás. “Soy la única que tiene que volver a casa a las diez”; “Soy el único que lleva esta ropa”…. Pero en absoluto la vergüenza es monopolio de los adolescentes.

Se le atribuye a Eleanor Rooselvet (esposa del Presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt), la frase: "haz lo que en el corazón sabes que es correcto, porque de todos modos te criticarán. Tanto te condenarán si lo haces, como si no lo haces".

Muy tristemente, no son pocos los que bajo falsos argumentos de los demás, y por vergüenza, han limitado gravemente su vida, y se convierten ellos mismos en nuevos limitadores de las vidas de los demás, ya que algo es claro y actúa como una ley casi inexorable, y es que “el avergonzado va a tratar de avergonzar a los que le rodean”.

Pero lo que el vergonzoso no va a poder distinguir es, que, a menudo, aquello por lo que se “debería de sentir avergonzado” constituye la envidia de los que le limitan, envidia que impone normas a los demás, y actúa como carcoma de la autoestima del complaciente, de su autoestima.

Dionisio Contreras Casado Educador Social. Experto en Drogodependencias. Formador de Inteligencia Emocional.