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Por Ángel Salvador Asensio

Allí estaba, sentada en su mecedora, con las manos apoyadas en los reposabrazos, en silencio, sumida en sus propios pensamientos con la mirada puesta en ningún lugar…En    sus ojos apenas conseguía disimular el sentimiento transformado en finas gotas de lluvia, que ahora se deslizaban por sus arrugadas mejillas erosionadas por el paso del tiempo.

No muy lejos de ella, completamente conscientes del momento presente, frente a la chimenea, yaciendo en la alfombra al calor de la lumbre, estaban dos hermosas criaturas: sus nietas; se mostraban embelesadas mientras observaban con detenimiento como se iban formando las luminosas y misteriosas figuras de las llamas al lamer las pequeñas ramas, a la vez que escuchaban el chisporroteo constante de los grandes troncos al quemarse.

En su estado de ensimismamiento, la abuela Pepa –Pepita, como solían llamarla sus amigas, que ahora ya no estaban- comenzaba a rememorar viejos tiempos en los que se veía a sí misma, como veía sin ver, a sus queridas nietas.

Ya desde muy pequeñita, cuando a la abuela Pepita le preguntaban qué es lo que quería ser de mayor, esta siempre respondía que lo que quería ser, era precisamente eso: mayor. La abuela Pepita intuía que cuando fuese mayor podría hacer muchas de las cosas que ahora no hacía, porque simplemente no le dejaban al estar reservado el derecho de hacer ciertas cosas, tan solo a las personas mayores.

Por su mente merodeaban imágenes de situaciones tan corrientes como cuando un día, durante el almuerzo, con sus padres sentados frente a la mesa, intentó imitar el comportamiento de estos, asiendo el vaso de vino de su madre, la cual no tardó en recriminarle su acción, instándola a que se lo diese, argumentando al mismo tiempo que eso era solo para mayores.

Otro día, mientras se distraía jugando con las muñecas de trapo en el patio de su casa, oyó a lo lejos el rugir de una motocicleta que parecía que se aproximaba velozmente hacia donde ella se encontraba. Tenía una predilección especial por las motos, por lo que no tardó en anunciar a su padre el deseo de querer tener una, a lo que su padre respondió: “La tendrás cuando seas mayor”.

Era como si aquello hubiera servido de precedente para que la abuela Pepita viese al momento presente como una espera incómoda, como una pérdida de tiempo, como un simple instrumento para alcanzar un fin: el futuro.

En efecto, la vida le había pasado muy rápido, prácticamente sin enterarse, sin poder disfrutarla. Había sido incapaz de saborear el momento, había sido incapaz de vivir el presente y de explorar las maravillas que le iban ofreciendo cada una de las etapas de su vida.

Siempre queriendo estar allí, sacrificando el presente por un futuro que no era suyo, por un futuro que no existía, por un futuro irreal cargado de promesas ilusorias.

Siempre había estado pensando en el futuro, pero ahora ya no podía hacerlo, porque no había más futuro. Había vivido sin vivir y seguía viviendo sin vivir, anclada en un pasado lleno de reproche, lamento, pena y amargura.

Ahora observaba a sus nietas y se quedaba prendada por su capacidad de asombro, por su capacidad de maravillarse por lo simple, por su capacidad  de reconocer, apreciar y disfrutar del único momento que tenemos: el momento presente.

Por Ángel Salvador Asensio. Coach especializado en Coaching Personal. Coaching para el liderazgo, familiar, de atracción y transformacional.