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Por Dionisio Contreras Casado

Mucha gente aspira a ser el mejor en su trabajo. Entre trabajadores, el afán por superarse, por esforzarse e intentar ser el mejor en su especialidad, puede considerarse como saludable. De dicha actitud, se derivará una fuerte laboriosidad y una constante apuesta por la formación y el reciclaje, ya que, como estamos cansados de oír: «el que algo quiere, algo le cuesta». Una superación y un afán de superarse en la vida, tan presente, continuo y constante que, en no pocas ocasiones, se convierte en rivalidad.

Sin embargo, como decía Luis Miguel Dominguín: “no todos podemos ser el primero”, y algunos, sobre todo en tiempo de crisis, cuando pululan rumores de regulaciones de plantilla, aspiran no tanto a ser los mejores, como a parecerlo. Esto nos lleva ineludiblemente a numerosos escenarios dónde se confrontan intereses, y surgen fuertes rivalidades entre los trabajadores, todo ello por el afán de coronar la cumbre profesional. Rivalidades que derivan en venganzas, todo vale para no quedar afectado por los malos momentos, y poder llegar primero o más alto. Y es que si, dentro de las empresas y los lugares de trabajo, la rivalidad no se sabe resolver, emocionalmente hablando, y gestionar con solvencia, se puede convertir en una experiencia agotadora y desgastante; Pero curiosamente, si se canaliza armónicamente, puede convertirse en un buen estimulador de una carrera profesional monótona y aburrida.

Como decía Paracelso: “Dosis sola facit venenum” (es la dosis la que hace el veneno). Por lo tanto, del mismo modo que la rivalidad nos puede ayudar a obtener el empuje necesario para conseguir lo que queremos, o a proporcionarnos la fuerza necesaria para obtenerlo, así nos puede tornar en seres envidiosos, mezquinos y vengativos. Es cuando nos desborda la envidia, de la que se dice que es el deporte nacional. Entonces si progresas es que “tienes suerte”, si avanzas “eres un pelota y un trepa”, si prosperas es que “el que tiene padrino se bautiza, y el que no, se queda moro”, si consigues lo que deseas, es que “vas a tu bola, vas a la tuya”, si marchas a trabajar al extranjero “te aprovechas de la educación gratuita de tu país y te vas a ganar dinero afuera”. Y es que, en ocasiones, en el mundo laboral, a veces cuesta bastante encontrarse con alguien que se alegre sinceramente de los éxitos ajenos y, no digamos ya, que ayude y colabore en la consecución de los mismos.

Un poquito más allá, la psicóloga Isabel Menéndez, si bien acepta que la rivalidad es un sentimiento consustancial al ser humano, dice que “no se utiliza la misma vara de medir cuando se da entre hombres o entre mujeres”, y así cuando, fruto de una rivalidad entre hombres, uno de ellos despunta sobre el otro, a éste se le considerará más inteligente, formado o astuto que al otro. Pero si la rivalidad en el trabajo se da entre mujeres, a la vencedora se la puede considerar como una bruja, y por supuesto, a la otra como a una pobre víctima. “La mujer que lucha contra otra por un trabajo, una ambición o cualquier otro aspecto que ella considere importante para su vida, no es ninguna bruja. Es una mujer comprometida con ella misma y con su tiempo”, señala Menéndez.

Decía el periodista César González Ruano que tenía una respuesta preparada con esmero para contestar a quienes le preguntaran: «¿cómo está usted?».   Esa respuesta era: “pues aquí voy tirando, con el hígado en no muy buenas condiciones». Dicen que una ocasión, estaba presente un amigo íntimo del periodista, y posteriormente le preguntó: «¿Por qué dices eso, si tienes una salud perfecta?”, a lo que el periodista le contestó: «Es que si digo que mi salud es perfecta, y eso se suma el éxito profesional que estoy teniendo, me van a destrozar». Parecida contestación la de una mujer que conocí, mayor y de un pueblo pequeño, que cuando le preguntaban “¿Qué tal está?”, contestaba: “Bien, para que no te alegres”.

Según una reciente encuesta realizada por Gestha, realizada sobre la base de 4200 funcionarios públicos, el 44% de los encuestados afirmaba que los prejuicios, la envidia y los conflictos personales son las principales causas de que la situación laboral sea competitiva e individualista, y de que el ambiente laboral, se encuentre algo enrarecido.

Pero lo peor, y es quizá lo que no sabe un rival que se ha esclavizado a la envidia, es que el que peor lo pasa es él, ya que el rencor y la envidia, a los que más alta factura pasa, es a los que la sienten, a los que se ven desbordados emocionalmente por esta emoción. En todo caso, es evidente que, es una cuestión de carácter, de saber ganar y de saber perder, porque quién es peor como compañero, ¿un desatinado y soberbio ganador, o un mal perdedor que no acepta su lugar?

Si nuestro jefe nos sorprende valorando o ascendiendo a nuestro compañero rival, siempre nos queda poder decir: “ha habido tongo”.

Dionisio Contreras Casado Educador Social. Experto en Drogodependencias. Formador de Inteligencia Emocional.