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Por Dionisio Contreras Casado

Ante una injusticia palmaria y evidente, mucha gente interviene y media entre las partes, sin embargo, no todo el mundo actúa de este modo, y ante una agresión observada, se plantea el dilema de intervenir, o de permanecer pasivo. Dilema que muchos resuelven como aquel joven que en octubre del año pasado, viendo como una chica ecuatoriana de dieciséis años, era víctima de una brutal paliza con tintes racistas en Barcelona, permaneció pasivo, mirando la escena como si fuera una película, como si tuviera dificultades en distinguir ficción de realidad.

El profesor titular de Psicología de la Educación en la Universidad de Valencia, Rafael García Ros, señalaba hace meses en el periódico ‘La Vanguardia’ que "vivimos en una sociedad individualista, donde predominan los planteamientos egoístas e insolidarios". Además, afirmaba que "la observación de una agresión genera una respuesta automática de temor en el observador, que bloquea su actuación frente al miedo que supone poder convertirse en víctima si se actúa".

En 1964, una mujer de Nueva York, Kitty Genovese, fue asesinada a puñaladas cerca de su casa. Más de treinta vecinos suyos, escucharon sus gritos desconsolados de ayuda, durante más de media hora, sin embargo ninguno la ayudó, pensando cada uno de ellos, que algún otro lo haría. Así ocurrió que nadie llegó, y Kitty murió.

Debido a esto, el efecto espectador, entendido como un fenómeno psicológico por el cual es menos probable que alguien intervenga en una situación de aprieto cuando hay más personas que cuando se está solo, fue bautizado en su día como Síndrome de Genovese. Parece demostrado que cuando muchos observan una emergencia, es menos probable que uno de ellos intervenga: la responsabilidad se difumina. La inacción es justificada por la idea de que “aquello no es asunto mío”, o que “las cosas no son tan graves”, y siempre subyace el miedo de pensar que los riesgos superan a los beneficios de intervenir, y la idea de que “si ayudas te puedes meter en un lío”.

Vicente Garrido, psicólogo, criminalista y colaborador del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, recuerda: "En psicología sabemos que en la ayuda a personas necesitadas opera una paradoja: si hay mucha gente que es susceptible de ayudar, unos por otros dejan desasistida a la víctima; es la llamada difusión de la responsabilidad: todos piensan que el otro hará algo y nadie hace nada", y la indiferencia de todos es la principal aliada del agresor, y ayuda a que la agresión se perpetúe contra la víctima indefensa.

Es humana la cobardía y libre el miedo, y en numerosas ocasiones, el instinto de conservación prevalece sobre la necesidad de intervenir ante la indefensión de una víctima. Tener miedo no es una tragedia, la tragedia es no superarlo, no traspasarlo. Los psicólogos conductistas americanos recomendaban: “feel the fear and do it anyway” (siente el miedo y hazlo igualmente).

En este sentido la educación cívica juega un papel fundamental, ya que educar bien implica enseñar a pensar cómo se puede sentir, ante cualquier cosa, la persona que tengo enfrente, y enseñar a que cada uno identifique, ponga nombre y exprese lo que siente. Algo tremendamente comprometido con uno mismo y con el otro. Sin embargo, en su estudio sobre “el conformismo social”, Angie Vázquez Rosado, Catedrática Asociada de Psicología de la Universidad de San Juan de Puerto Rico, afirma que con la educación cívica actual “todo tiende a ser leve y liviano, pero ya no visto como criticable o superficial sino como valioso, digno y necesario, como un avance de lo moderno que permite estar y vivir mejor o con menos problemas”.

Educar a ciudadanos no es enseñar consignas sobre cómo se debe vivir en sociedad, es algo más profundo, más emocional. Y es que aprendemos que ser un buen ciudadano no consiste en acatar y cumplir la ley, sino que es algo más complejo: una cuestión de actitud. Que existe una alternativa a dejarse llevar por el miedo.