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Por Dionisio Contreras Casado

Es cada vez más habitual encontrar la palabra “tóxico” adjetivando sustantivos como: empresas, organizaciones, jefes o gente, y no precisamente porque existan emanaciones tóxicas en el lugar, o necesidad de que una brigada de Riesgos Especiales trabaje allí.

Si nos referimos a una empresa tóxica, estaremos haciendo referencia a una organización cuyos resultados son poco satisfactorios, y sus integrantes trabajan en una situación de estrés y tensión tan grande, que el ámbito laboral se convierte en un campo de batalla y destrucción para la propia persona. Peter J. Frost, profesor de comportamiento organizacional en la British Columbia University, describe un medio laboral tóxico del siguiente modo: “es el resultado tanto de las prácticas de una empresa como de las actitudes y acciones emocionalmente insensibles de sus gerentes. Una situación así le resta vitalidad a los trabajadores y a la organización y contribuye a una disminución de la productividad individual” (Emociones Tóxicas en el Trabajo. Ed.: Deusto). La agresividad, la envidia, la incompetencia de los gerentes y un ambiente hostil, van mermando progresivamente la competencia emocional de los trabajadores, convirtiéndole poco a poco en una persona miedosa, intimidada y con un fuerte sentimiento de culpa.

A la cabeza de una organización tóxica, puede o suele haber un gerente o líder tóxico, cuyas necesidades e intereses personales no suelen coincidir con los de la organización, poco o nada propiciador de una comunicación emocional y efectiva, y fuente de presiones reales o imaginadas. El líder tóxico suele ser contradictorio, distante, caprichoso e inconsecuente, por lo que sus subordinados, nunca saben a qué atenerse, o lo que les depara el minuto siguiente.  En su libro Nursing Management, Fitzpatrick, lo describe como “muy desconfiado, se preocupa por su engrandecimiento personal y lucha por el triunfo, el poder y la gloria. Es muy agresivo con los empleados que dudan de él y se hace de enemigos allí donde no existen”. Si existen jefes tóxicos es porque las empresas los toleran, y si los toleran es porque creen que son útiles para sus objetivos. Sin embargo como señala el profesor Iñaki Piñuel: “las empresas se han dado cuenta cada vez más claramente que no es de interés para ellas mantener managers tóxicos en su seno, por el coste humano y económico que significa la devastación organizativa que generan a su alrededor”.

Más allá del mundo de la empresa y la gerencia, en el libro “Gente tóxica”, su autor, el profesor Bernardo Stamateas, también denomina a estas personas “vampiros psíquicos”, y les define como gente con muy baja autoestima y con tendencia a la depresión, estado de ánimo que intentan compensar haciendo que decaiga el de los demás, infundiéndoles tristeza, apatía, dolor, y haciéndolo en momentos claves, tales como un cumpleaños, una boda, ante un nuevo empleo, etc. Se alimentan de matar las ilusiones de los demás; es el alimento que consigue apaciguar la sensación de hambre, del que tiene una autoestima deplorable.

En la vida cotidiana, la persona tóxica puede tomar la forma de un buen amigo, o incluso la pareja, es decir personas del entorno familiar o social más cotidiano, sin embargo los celos, el ansia de éxito y la necesidad de obtener el amor de los demás en exclusiva, hacen que un vínculo aparentemente deseable, se convierta en un vínculo tremendamente dañino, capaz de contaminarnos de negatividad. Juzgar o prejuzgar a todo el mundo, lloriquear (que no llorar) constantemente, aparentar ser un mosquita muerta, dar pábulo a los chismes, disfrutar difundiendo malas noticias, malmeter, o mirar por encima del hombro a los demás, son actitudes que nos pueden poner en alerta de estar ante una persona tóxica.

La psicóloga estadounidense Lillian Glass lo tiene claro: “la raíz de toda toxicidad en las relaciones humanas son los celos”. ¿Por qué personas de nuestro entorno, que afirman querernos y ser buenos amigos, nos lastiman, tratan de someternos, pretenden amargarnos o intentan desanimarnos o evitar que consigamos nuestra felicidad?, «Debido a los celos y su concomitante envidia», señala Glass.

La amenaza de las personas tóxicas puede darse en cualquier contexto, si bien en la propia familia puede constituir la fuente de un problema psicológico tormentoso,  y para la investigadora Lillian Glass, “ya sean nuestros padres, hijos o cónyuges, nuestros jefes o compañeros de trabajo, a las personas tóxicas hay que aprender a tratarlas, para que no trastornen nuestro equilibrio vital, y la fórmula magistral para desintoxicar nuestras relaciones consiste en comunicarse, para afrontar lo que nos molesta del otro y decirlo sin tapujos”.

Dionisio Contreras Casado Educador Social. Experto en Drogodependencias. Formador de Inteligencia Emocional.